Persisten como hojas que caen en otoño,
teñidas de cobre pero con el peso del hierro.
Pretérito de una belleza perdida,
consumida en zahumerios de cólera y tristeza.
Porque no dio fruto, no hubo el ensueño que claman las novelas.
Que discurren como los almanaques pasados, solo son rotas las analogías.
Entumidas y esquebrajadas, puestas a la orilla de un mar de ternuras.
No están más, solo secos como desiertos de improperios a la ilusión.
Me he perdido en medio de estos cimientos de granito y yesca, para mutilar mis sentimientos y hacerlos a la postre de mis pesares.
Alabo a las personas que no conocen estas contrariedades,
que se persignan con mantras de olvido y hierro.
De estos que no conocen de despedidas.
Me atemorizan, como si fuesen voces espectrales en medio del sueño.
Hojas de color cobre, que abundan en mi paisaje.
Ese turbio sueño que no estas tu, pero que a lo lejos indolente pareces estar allí.
De manos rotas para tocarme, de ideales perdidos para emanciparse.
No hay lineas para una despedida, solo un espacio-tiempo que reta la misma física.
Que la plantea desde las arritmias mas complicadas... Las que surgen de un corazón poseído por los temores, que nacieron de pasadas pasiones.
Juzgados en tiempos presentes,
creadores de estos males y benefactores de tus miedos.
que llenaron de luto y frió tu sentir
y como errante abrieron el camino por donde me extraviaste.
Despedida.

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